31 de agosto de 2013

No hay diferencia entre echar de más y echar de menos.

Te echo de menos, incluso cuando el Sol asoma por el horizonte tímidamente, tiñendo el cielo de naranja; incluso cuando el calor del verano cala en mis huesos y me enfría cada nervio; incluso cuando el viento, suave, decide pasar el rato en la ciudad; o incluso cuando, al llegar la noche, la ebriedad pretende que olvide cada preocupación que alberga mi mente.
Y echo de menos el olor de la mañana, impregnado en las sábanas, y las manchas de café en la mesa al terminar un desayuno, y como los platos sucios seguían en la pila al final del día, y los programas aburridos en la televisión a media mañana, y el ruido de los coches retumbando desde la carretera.
Y te echo de menos ahora, como lo hice en las frías lluvias de abril y como lo haré en los copos de nieve de diciembre. Pero eso ahora es lo menos importante, porque la nostalgia no cubre el dolor que dejó el amor, ni el amor que ocultó el dolor, ni cubre las palabras que quedaron atrapadas en mi garganta. 
Y te das cuenta de que, sin ti, sigue asomando el Sol, aunque también se esconde sonrojado; y el calor sigue calando mis huesos, pero también se va con agua fría; y que el viento llega por la tarde, pero también se queda hasta la madrugada; y, sobre todo, que al llegar la noche, llega la ebriedad, mas ésta te demuestra que es la verdad.
Así que sí, te echo de menos, pero no te echo de menos. Porque tu ida indica tu llegada, y tu odio indica tu amor, y añorar indica querer dejar marchar.
Y te dejo marchar, como dejé marchar al Sol, al calor, al viento, a la ebriedad, porque algún día echarte de menos se convertirá en echarte de más, y el amor no será dolor, solo recuerdo.