7 de febrero de 2015

Caramelo amargo.

A veces tengo que preguntarle a otras personas cómo me siento,
porque yo no soy capaz de contestarme, ni sé la respuesta.
Mis venas son verdes, verde sucio, verde alga, verde cloaca.
Eran cuatro líneas que intentaron ser rectas, se desviaron en el camino
y se perdieron.
Ahora son seis y se enlazan y se ahogan como un juego al que nadie
quiere jugar.
La ruleta rusa tiene sus seguidores pero mi cabeza es el propio
seguidor de su juego.
Qué son las quejas sino las marcas de un hierro incandescente presionado
contra la piel de tu espalda.
Mi, tu, su, pero nunca nuestro, ni vuestro.
Cuando pierdo la conexión con mis pensamientos sonrío. Y me vuelvo a perder
cuál gilipollas en un nuevo andén.
Yo ya estoy vieja, no sabia. Todavía creo que lo que digo tiene sentido.
Sólo hay un sentido y es hacia Barcelona, o esa es la dirección.
Calle mayor. Y en medio un atropello que sólo veo yo. Ojalá fuese la
víctima. Y ella quiere ser yo, que no me conoce.
Cree que vivir en mí es mejor que morir, sin darse cuenta que vivir en mí
es morir en cada instante de una forma poco trágica y poco memorable.
Atragantarse con un caramelo de café.
Perder la cabeza, literalmente.

Que acabes mirándome como antes. Confundirlo con amor y amar (o querer).
Borrar cada punto y seguido para escribir algo aún más triste.
Dejar de mirar a la pantalla y a la realidad, las teclas no cambian de sitio.
No me mienten pero me ocultan si ven que me quiero morir.
Me miran con regusto empático. Dicen que ellas mueren cada vez que las tocan,
y pobre quién las crea.
Las palabras se mueren si las quemas, si las rozas se ruborizan. Si las leen
acaban como yo. Y nadie quiere, menos la víctima del atropello.
"No me mires", "tranquilo, que no tengo ojos". Y hace una pausa esperando
una risa. Yo también la espero. "Tienes la voz de alguien que se está
ahorcando por dentro," y tenía razón.